miércoles, 18 de septiembre de 2013

El Otro Yo

Era una noche lluviosa, fría y triste. Aquel hombre había olvidado que se sentía estar en realidad feliz. Ya estaba cansando de escuchar el reloj, de despertarse en las noches buscando hadas, incluso ni sus mil grullas habían cumplido su deseo tan anhelado… tan solo deseaba ser feliz, sonreír sin preocupaciones, mirar al cielo al fin sin tener el miedo de perder la calma…


Las gotas de lluvia caían como piedras contra los vidrios de su oscura habitación, su aliento junto a la ventana tan solo empañaba más y más aquel frió vidrio. Afuera solo se escuchaba un plop plop constante, las fuertes ráfagas de viento hacían rugir las ramas de los árboles, incluso algunas ya estaban rotas sobre el la tierra, que ya no era más que un gran pantano. El clima no ayudaría mucho esta noche, tan solo haría que la tristeza que el sentía creciese y creciese.

Ya no podía ver nada hacia afuera, con su mano limpio el vidrio; justo en ese instante un trueno ilumino el paisaje, sombrias siluetas se levantaron, turbias figuras adornaron el paisaje. Otro y otro más, algo extraño se acercaba mientras aquellos amenazantes relámpagos iluminaban tan tétrico lugar.

Una persona cubierta, avanzaba a paso firme, se acercaba a grandes zancadas hacia su puerta. ¿Qué haría?, ya había olvidado como se trataba con las demás personas, ¿le abriría?, o ¿él también le haría daño? La presión lo mataba. Toc Toc Toc, un sonido sordo inundo todo su hogar. En el mismo ínstate giro para ver su reloj de pared, sus miles de grullas e incluso podría haber jurado que una pequeña hada revoloteaba por allí. La oscuridad y la soledad sumían el lugar.

Toc Toc Toc! Esta vez el sonido fue más fuerte, un pensamiento fugaz paso por su mente: “tal vez los demás no le hacían tanto daño, tal vez el no deseaba que nadie entrara en su vida”… El sonido de las gotas de lluvia, los truenos, las ramas crujiendo, y de nuevo el toc toc toc.

Temblando se levantó, camino hacia la puerta; sus manos parecían no obedecer, sus piernas apenas lo mantenían en pie. Tomo el picaporte con su mano, lo giro… un frió viento entro por todos lados. Al otro lado de la puerta estaba un hombre: sonriente, mojado y tranquilo.

¡Aquel hombre era él!

Fin

Autor: Esteban!

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