martes, 10 de septiembre de 2013

Una flor en el desierto

¿Alguna vez has visto una flor en el desierto?  Si, existen... Pero no cualquiera las puede tener.

Cuenta una antigua leyenda que antes esto era más que posible, incluso en el desierto más árido podías encontrar hermosas y coloridas flores. Pero alguna vez un gran tirano se enamoró de una de ellas, y luego de otra y otra más. Al ver su hermosura y perfección quiso no sólo tener sus 3 hermosas flores, sino cada una de las que existieron.


Así fue, en poco tiempo bajo su poder estaban cientos y cientos de estas flores. En poco tiempo las flores del desierto se convirtieron tan solo en un mito; nadie creía en su existencia. Aun así el gran tirano quería más y más.
Este busco sin descansar, no encontraba jamás una flor que lo llenase lo suficiente, tan sólo alimentaban más su egoísmo.

Un día, luego de que pareciera que no crecería una sola flor más, aquel tirano volvió a su hogar para apreciar lo bello de sus flores. Pero se llevó una enorme y triste sorpresa, todas las flores habían marchitado y muchas ya eran sólo polvo y arena. Las flores que tanto amo desaparecieron y jamás las pudo disfrutar realmente.
En medio de su frustración y tristeza esté pobre hombre corrió hacia el desierto, y no paró en días. Cuando su cuerpo no pudo más y callo contra la tibia arena vio como ante el crecía una flor más.
Con sus últimas energías trato de tomarla para así tener una de sus amadas, pero segundos antes se arrancarla, tan sólo la acaricio, le dedicó una sonrisa y murió.
Esta flor de inmediato floreció como ninguna otra, grande, brillante… perfecta. De sus pétalos comenzaron a salir unas pequeñas gotas que cayeron sobre aquel  hombre que yacía a su lado, parecían lágrimas. Aquel hombre luego de tanto al fin entendió, si amaba tanto a su flor no debía tomarla, tan solo admirarla. Las gotas seguían cayendo sobre aquel hombre, hasta que a su alrededor se formo un gran oasis, donde aquella flor vivió junto a su amado durante mucho tiempo.
Y así, las flores del desierto solo florecieron para aquellos, que como aquel hombre, entendiera su valor, para así convertirse finalmente en grandes oasis llenos de armonía.

Esteban!

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